terça-feira, 5 de novembro de 2013

Juan Castien Comunicação - última versão


MIGRACIONES Y PRECARIEDAD IDENTITARIA. ALGUNAS TRAYECTORIAS DE MUJERES INMIGRANTES MARROQUÍES EN MADRID

 

   Juan Ignacio Castien Maestro

 

            No creemos que sea generalizar demasiado afirmar que la biografía de todo ser humano se halla jalonada por una serie de acontecimientos clave, gracias a los cuales se pueden delimitar luego en su interior distintos períodos cronológicos. A menudo cada uno de estos sucesos decisivos puede ser concebido asimismo como un auténtico punto de bifurcación, como el momento en el cual el individuo se encontró ante una encrucijada de caminos y acabó por tomar uno en particular, incluso aunque no lo eligiera de manera consciente. Si esto parece ser así en todos los casos, va a tender a serlo aún más en el de los emigrantes/inmigrantes. Trasladarse de un país a otro, o incluso de una región a otra, suele entrañar ya de por sí un cambio crucial en la propia existencia. A partir suyo puede distinguirse claramente entre un “antes” y un “después” en lo que se refiere al entorno en el que se va a vivir, las personas con las que uno se va a relacionar y, sobre todo, el cariz que van a tomar semejantes relaciones. La manera específica en que interactúen entre sí todos estos elementos tan diversos va a encarrilar entonces al individuo en unas direcciones en vez de otras. De este modo, en la trayectoria vital del migrante acostumbran a manifestarse con una especial intensidad esos hechos tan comunes como los saltos, más o menos bruscos, de un ámbito social a otro, de una actividad a otra y de una concepción sobre sí mismo a otra diferente. También lo hace esa peculiar dialéctica entre lo general y lo particular, consistente en el juego permanente entre las circunstancias objetivas más amplias y los modos individuales de reaccionar ante ellas, en función de la propia personalidad, el historial biográfico previo y las características más específicas de la situación concreta en la que se está viviendo. No es de extrañar, por todo ello, que la metodología de la historia de vida se ajuste de una manera tan adecuada al estudio de los fenómenos migratorios, ni que, en consecuencia, se haya empleado ya en tantas ocasiones y con tanto acierto.

 

En esta breve intervención pretendemos aportar algunos elementos de reflexión que quizá puedan enriquecer esta manera de abordar las migraciones internacionales. Vamos a procurar, así, trabajar simultáneamente en dos niveles diferentes, aunque interrelacionados. Por una parte, iremos introduciendo un conjunto de conceptos teóricos destinados a ayudarnos a entender mejor todos estos hechos. Por la otra, iremos ilustrando estos mismos conceptos por medio de algunas trayectorias biográficas que recogimos en su momento en una investigación sobre mujeres inmigrantes marroquíes afincadas en Madrid[1]. Son éstas unas trayectorias marcadamente peculiares y bien poco representativas en términos estadísticos. Sin embargo, nos ofrecen un ejemplo muy logrado de las maneras tan ingeniosas en que se pueden solventar ciertas contradicciones inducidas por la propia condición de migrante y de las implicaciones de estos particulares procedimientos desde un punto de vista sociológico más general.

            En aras de estos objetivos, vamos a comenzar proponiendo unas cuantas definiciones que nos servirán para orientarnos mejor por este terreno tan intrincado. Partimos de la idea de que en toda trayectoria biográfica podemos distinguir una serie de aspectos particulares. El primero de ellos estriba en lo que vamos a denominar aquí la trayectoria objetiva, la cual estará integrada por los distintos acontecimientos que la persona ha ido experimentando y por las diversas acciones que ha ido llevando a cabo en relación con estos mismos acontecimientos. Junto a esta trayectoria objetiva, nos interesa también sobremanera su trayectoria identitaria. Esta segunda trayectoria consiste, por su parte, en las sucesivas representaciones acerca de sí mismo que el individuo ha ido elaborando a lo largo del tiempo. Nuestra aspiración, en cuanto que científicos sociales, es poner orden en todos estos complejos entramados de acontecimientos, acciones y representaciones subjetivas. Pretendemos descubrir en su seno una cierta lógica interna. Con este fin, hemos de comenzar por tomar en consideración la estrecha interrelación existente entre estas dos trayectorias, la objetiva y la identitaria. Los hechos que el sujeto va experimentando durante su vida y los que él también va llevando a cabo influyen, obviamente, sobre los modos en que va viéndose progresivamente a sí mismo. Pero tales representaciones lo hacen también, a su vez, sobre sus acciones ulteriores y sobre las situaciones a las que estas acciones acaban por abocarle, todo lo cual repercute luego más adelante sobre su autoconcepto y sobre los nuevos actos y experiencias condicionados por el mismo. Estamos, pues, ante un auténtico desarrollo en espiral (cf. Castien Maestro, 2003: 50-56).

 

            Centrándonos ahora en la identidad de las personas y en sus trayectorias identitarias, vamos a introducir una nueva pareja de conceptos. Distinguiremos, así, dos niveles diferentes dentro de la identidad subjetiva. El primer nivel va a consistir en la identidad personal o individual, es decir, en la representación de uno mismo en cuanto que individuo único y diferente de cualquier otro, dotado de un cuerpo, una vida interior y una trayectoria personal (cf. Revilla Castro, 2003). El segundo va a estribar en el conjunto de sus identidades sociales o colectivas. Se trata en este caso de los distintos colectivos, o categorías sociales (cf. Tajfel, 1984), a los que este individuo puede pertenecer, tales como su sexo, su etnia, su nacionalidad o su profesión. Estas identidades sociales invisten de un mayor contenido a la identidad personal. La pregunta quién soy yo se responde, en buena medida, enumerando la pertenencia a una serie de colectividades (cf. Torregrosa Peris, 1982). Pero estas distintas identidades sociales no se encuentran meramente apiladas las unas junto a las otras. Conforman, por el contrario, un sistema, el sistema de la identidad social global, como componente básico de la identidad personal. En el seno de esta identidad social global, las distintas identidades sociales particulares se encuentran articuladas y ocupan, asimismo, unas posiciones más o menos centrales o periféricas. A partir de esta somera labor de conceptualización, podemos entender ahora la trayectoria identitaria de un modo mucho más preciso. Vendrá a ser, entonces, el proceso en virtud del cual el sujeto va remodelando su identidad personal, en gran parte por medio del manejo de sus distintas identidades sociales. Puede que alguna de ellas sea desechada y que se introduzcan otras nuevas. Pero es posible, sobre todo, que el contenido de alguna de estas identidades sea modificado y que se alteren también los modos en que se las estaba combinando entre sí, junto con el grado de centralidad detentado por cada una de ellas.

 

            Entre los factores que activan estos complejos procesos de remodelación identitaria, hay uno que nos parece especialmente relevante. Consiste en la representación que la persona va a hacerse de sí  misma como alguien más o menos admirable o despreciable en términos generales. Su identidad personal poseerá, de este modo, una dimensión valorativa. Será una identidad en positivo o en negativo. Pero la concreta valoración realizada a este respecto dependerá, lógicamente, de la de aquella otra de la que sean objeto las distintas identidades colectivas que participan en la conformación de su identidad individual. Esta valoración depende además con mucha frecuencia de la influencia exterior. Uno puede encontrarse con que las cosas no le salen como querría y ello puede repercutir negativamente sobre su autoestima. Pero, sobre todo, es muy probable que el reconocimiento que recabe de los otros no sea tan elevado como él hubiera deseado, lo cual también le afectará de un modo negativo. Y lo mismo ocurrirá en un sentido positivo cuando se den los procesos inversos. Aunque estos ataques a la propia autoestima puedan centrarse en la identidad personal global de la persona, es fácil también que se concentren en alguna de sus identidades sociales en particular. Esta identidad será objeto, entonces, de una devaluación y, por lo tanto, aquellas personas que pertenezcan a esta específica categoría social verán igualmente mermado el valor de su identidad personal como un todo. La identidad de esta persona, así estigmatizada, vendrá a ser una “identidad deteriorada” en el sentido en que Erving Goffman (1970) entendía este término.

 

            Es muy corriente también que a estos ataques, internos o externos, contra la propia valoración personal se añadan también otros de un cariz diferente. Van a consistir éstos en el cuestionamiento de la pertenencia a una determinada categoría social, es decir, de la posesión de una específica identidad colectiva. Así, por ejemplo, alguien no será reconocido como miembro de un determinado grupo étnico o nacional. O puede que lo sea solamente de un modo parcial, como una especie de miembro periférico, distinto, con ello, de quienes disfruten de una pertenencia plena al colectivo en cuestión. Ya sea que al individuo no se le valore tanto como el quisiera en algún aspecto o que no se le reconozca total o parcialmente una determinada identidad social, el resultado va a estribar, en definitiva, en un cuestionamiento de su identidad personal. En función de este hecho, podemos introducir una nueva distinción, entre unas identidades más sólidas y seguras y otras de carácter más precario (cf. Castien Maestro, 2011: 35-37). Cuando una identidad es precaria es una identidad amenazada. El individuo puede conservar sus identidades sociales cuestionadas y su valoración personal de sí mismo, también afectada, pero tendrá que realizar un esfuerzo adicional para conseguirlo. Emprenderá seguramente acciones, tales como defenderse de estos cuestionamientos y buscar refuerzos añadidos. Para lo primero, podrá ignorar los ataques sufridos, desacreditar a quienes los realizan como desprovistos de credibilidad o evitar aquellas situaciones y personas que puedan exponerle a alguno de estos peligros. Pero, una vez que, pese a la acción de todos estos filtros, el cuestionamiento sufrido tenga que ser tomado en consideración, habrá de optar por otro género de respuestas, consistentes en el desarrollo de una serie de argumentaciones dirigidas a restarle relevancia. En cuanto a las acciones de refuerzo, y de compensación, éstas resultan también muy variadas. Puede que se busquen aquellas situaciones y aquellas relaciones con las que uno salga mejor parado, que se aduzcan aquellos hechos y circunstancias que resulten más favorables, incluso aunque su relación con el problema experimentado resulte bastante indirecta, o que se elaboren argumentos destinados a demostrar la importancia fundamental de todos estos hechos en comparación, sobre todo, con los que actúan en un sentido contrario (cf. Castien Maestro, 2003: 275-232). De todas estas cuestiones, se ha ocupado largamente la psicología social con sus más diversas escuelas, desde el psicoanálisis, al interaccionismo simbólico, pasando por el cognitivismo.

 

            Todos estos conceptos teóricos que hemos tenido que exponer aquí de manera bastante condensada resultan de bastante utilidad a la hora de iluminar algunas vicisitudes habituales en la vida de quienes emigran a otro país. Junto a esos contornos tan marcados que ofrecen a menudo los diferentes períodos de su trayectoria vital, su trayectoria identitaria suele resultar también extremadamente compleja. No en vano, el curso objetivo de su existencia va a hallarse conformado por experiencias muy diversas y no siempre fáciles de integrar dentro de un marco subjetivo unificado y coherente. Las contradicciones acostumbran, por el contrario, a ser intensas y numerosas. Este hecho puede convertirse, sin duda, en fuente de intensos sufrimientos, pero también puede serlo, incluso por ello mismo, de una enorme creatividad en las más diversas facetas de la vida. Tampoco van a faltar las “crisis de identidad”, es decir, aquellos períodos más o menos largos de tiempo en los que se dudará entre distintas imágenes sobre uno mismo, entre distintos proyectos vitales y entre distintas líneas de conducta, antes de alcanzar alguna solución más o menos estable (cf. Erikson, 1979). Las razones últimas de toda esta inestabilidad son bastante patentes. Emigrar a otra sociedad diferente supone modificar de una manera radical el abanico de relaciones sociales que se mantienen, de tal forma que muchas de las antiguas desaparecen y son reemplazadas por otras nuevas con nuevas personas. Incluso aquellas que subsisten es muy posible que pierdan una buena dosis de su anterior relevancia. Al mismo tiempo, estas nuevas relaciones van a ser cualitativamente diferentes de las anteriores en dos importantes aspectos.

 

            En primer lugar, van a regirse por códigos culturales diferentes. Manejarse en ellas exigirá entonces el aprendizaje de estos nuevos sistemas normativos y ello puede conllevar una serie de nuevos efectos añadidos. Puede que no se logre aprender estos códigos correctamente, lo que acarreará posiblemente un mal desempeño social en ciertos ámbitos y, también posiblemente, un sentimiento más o menos marcado de incompetencia social. Quizá redunde asimismo en una falta de reconocimiento por parte de aquellos con quienes haya que relacionarse. Todo ello afectará, con suma probabilidad, a la autoestima de la persona. Pero si, en cambio, llega a dominar estos nuevos modos de comportamiento, y a recabar una mayor aceptación entre los autóctonos, también puede quedar expuesta, sin embargo, a ciertos problemas. Quizá la gente de su propio origen le reproche este cambio de hábitos. Posiblemente, pasen a considerar que no se está conduciendo como debería de acuerdo a su identidad social originaria. Puede que quede entonces desvalorado en relación con ésta e, incluso, excluido de la misma, una pérdida de reconocimiento colectivo también dolorosa con bastante seguridad. Y aparte de este problema, podrá encontrarse también con que estos cambios pueden parecerle a él mismo contradictorios con su propia identidad y con su sistema de valores previamente asumido. Las contradicciones se multiplicarán.

 

            A este primer gran conjunto de inconvenientes del nuevo mundo en el que hay que aprender a vivir, hay que añadir otro distinto, en segundo lugar. El inmigrante detentaba en su tierra de origen unas identidades sociales distintas de aquellas que van a imperar en aquella otra a la cual se ha trasladado. Ahora es un extranjero. Su identidad nacional se define en negativo, como una ausencia de nacionalidad. Puede ser objeto además de distintos prejuicios en su contra en función de alguna de sus identidades sociales. Se enfrenta, de este modo, a un claro riesgo de estigmatización por parte de la población autóctona. La precariedad identitaria inherente a toda esta situación parece obvia. Pero tampoco deberíamos olvidar las discriminaciones en aspectos palpablemente más materiales, como el acceso al mercado de trabajo, el estatuto legal y las ayudas sociales (Castien Maestro, 2003: 72-80).

            En virtud de todas estas circunstancias, el inmigrante tiende a vivir una situación profundamente contradictoria. Si opta por una estrategia de asimilación, obtendrá seguramente un mayor reconocimiento de los autóctonos, pero ello le llevará a alejarse de los suyos. Lo mismo le sucederá si actúa a la inversa y se decanta por una política de repliegue sobre su propio grupo. Y a estas contradicciones, de uno u otro signo, en el plano de las relaciones sociales se sumarán las vividas por la persona en su fuero interno. En ambos niveles la situación es complicada. Si solventa, más o menos, unas contradicciones, es muy posible que alimente otras distintas. Su identidad se encuentra, así, sometida al riesgo de cuestionamiento desde múltiples direcciones a un mismo tiempo. De ahí que las distintas soluciones a las que pueda llegar tiendan a exhibir una gran inestabilidad, lo que hace posible la aparición de bruscas oscilaciones en un sentido inverso. Si una determinada trayectoria, objetiva o identitaria, no ha deparado un resultado satisfactorio, podrá virarse abruptamente hacia otra dirección, al menos durante un tiempo. Sin embargo, no hay tampoco por qué abandonarse al fatalismo. Existen salidas factibles para estas antinomias aparentemente insolubles. Y como suele ocurrir en estos casos, de lo que se trata es de neutralizar los dilemas elevándose por encima de ellos. El nudo gordiano se deshace cortándolo. Este tipo de salidas es precisamente el que creemos haber encontrado en algunas de las mujeres marroquíes con las que contactamos durante la investigación referida más arriba.   

 

            En relación con el caso concreto de estas informantes, debe tenerse en cuenta que la condición general de la mujer musulmana emigrada a Occidente suele estar caracterizada por una serie de contradicciones bastante intensas. En cuanto que musulmana, es objeto de claros prejuicios y rechazos por parte de un sector importante de la población autóctona. Al tiempo, en cuanto que mujer, el hecho de encontrarse ahora viviendo en una sociedad menos patriarcal puede abrir para ella nuevas vías de realización personal y de obtención de un mayor reconocimiento social, tanto en función de su específica identidad femenina, como de los mayores logros, en cuanto que ser humano, que ahora le está permitido alcanzar. Todo ello la somete con frecuencia a unas exigencias contradictorias y la convierte en una especie de prenda en disputa entre sociedades y culturas. De una parte, la vigilancia ejercida sobre ella desde su propio colectivo puede incrementarse, con el fin de salvaguardarla de ciertas tentaciones. De la otra, desde la sociedad de acogida, se la puede discriminar muy fuertemente, al igual que se hace con los varones, y se la puede victimizar además, atribuyéndosele una serie de padecimientos generales que no tiene por qué estar sufriendo en muchos casos concretos, así como tachándola de retrógrada, si persevera en un estilo de vida considerado como impropio de una mujer moderna. Por todo ello, las precariedades identitarias que suelen caracterizar tan a menudo la vida del inmigrante se presentan en el caso de muchas de estas mujeres con unos contornos mucho más acentuados. Pero también justamente por ello mismo, las respuestas ante estas contradicciones pueden exhibir en ocasiones una especial resolución. Es lo que creemos haber observado en los casos de los que vamos a ocuparnos a continuación.

 

            Se trataba de cuatro mujeres que no se conocían entre sí y cuyas edades estaban comprendidas entre los treinta y los sesenta años. Todas ellas llevaban residiendo un largo tiempo en España, lo cual les había permitido adquirir la nacionalidad del país. Sus niveles de formación eran elevados, oscilando entre la enseñanza secundaria y la universitaria y sus orígenes sociales eran urbanos y relativamente acomodados. Habían crecido además dentro de un ambiente familiar bastante liberal. Aunque sus padres fueran musulmanes practicantes, no les habían impuesto el seguimiento de los preceptos religiosos islámicos, sino que les habían dejado libertad para cumplir o no con ellos según su parecer y les había otorgado asimismo una amplia autonomía personal en todos los  aspectos. Aparte de estos rasgos comunes en cuanto a sus perfiles sociológicos, estas cuatro mujeres coincidían igualmente en su modo general de insertarse en la sociedad de acogida, un modo al que podemos calificar de integracionista e individualista. Su carácter integracionista venía dado por su interés prioritario en relacionarse con los autóctonos. Su círculo de allegados estaba conformado en su mayoría por personas de este origen. Dos de ellas estaban incluso casadas con españoles, si bien convertidos formalmente al Islam, y otra había mantenido relaciones de pareja con hombres de esta nacionalidad. En contraste con todo ello, sus relaciones con otros marroquíes eran escasas y se restringían a un círculo muy reducido de parientes y amigos íntimos. Lo mismo ocurría igualmente con sus contactos con Marruecos. Existía, en resumidas cuentas, un notorio desapego con respecto a la propia colectividad nacional. Esta específica orientación en cuanto a las relaciones sociales se correspondía de un modo manifiesto con un estilo de vida muy occidentalizado, patente en sus formas de vestir, y con una práctica religiosa escasa, con ausencia o irregularidades en el rezo y poco interés por las cuestiones doctrinales y, sobre todo, por las normativas, es decir, por las referentes al correcto cumplimiento de los mandatos religiosos, por esa ortopraxia a la que tanta importancia suelen conceder otros muchos musulmanes.

 

            Todo este integracionismo se compaginaba, sin embargo, con una actitud marcadamente individualista en varias cuestiones fundamentales. Lo primero de todo, tenía lugar un cierto distanciamiento entre la identidad personal y las identidades sociales nacionales y religiosas. De este modo, la identidad personal dejaba de estar tan condicionada por las identidades colectivas, que ahora determinaban una parte mucho menor de su contenido. Ganaba, pues, en autonomía con respecto a ellas. El espacio dejado libre por estas identidades sociales relativamente postergadas era ocupado por otros elementos a los que ahora se prestaba mucha más atención, tales como la propia idiosincrasia personal, las experiencias vividas y el círculo de allegados más íntimo. Podemos aventurar aquí la hipótesis, de lo más plausible, de que esta mayor valoración de la particularidad individual, ligada también con gran probabilidad a una mayor dedicación al cultivo de la misma, habría de corresponderse con claridad con el intenso cuidado otorgado a las relaciones personales. Estas relaciones tenderían a volverse más selectivas, más dependientes de la existencia de afinidades en ciertos ámbitos. La posesión de una identidad social común no constituiría, ni mucho menos, una base suficiente para el establecimiento de estas relaciones. Es lo que nos mostraba una de nuestras informantes, cuando nos explicaba que sus amigos procedían de distintos países y que le costaba relacionarse con ciertos marroquíes, debido al marcado tradicionalismo de éstos. En esta misma línea, otra de ellas aducía las diferencias culturales e ideológicas con muchos de sus compatriotas de cara a la conformación de un “proyecto común” que la pudiera ligar a ellos. Pero, obviamente, toda esta actitud tan selectiva también era aplicada con relación a muchos autóctonos.  

 

            En segundo lugar, y, en contraste con la valoración del grupo de allegados más cercano, la colectividad en un sentido más amplio perdía relevancia. Es como si se diluyese hasta quedar reducida a un tenue telón de fondo. Y es más, la importancia que se le conceda finalmente dependerá de sus conexiones con este grupo más próximo. Una de nuestras informantes nos comentaba a este respecto cómo había ido perdiendo interés en Marruecos debido a que su familia más directa estaba ya instalada en España y sus amigos de juventud ya no residían en Chaouen, la ciudad de la que procedía, sino que habían “volado” a otras localidades. Desde el momento en que era así, Marruecos como tal ya no le atraía demasiado. Era como si la relación con la colectividad nacional más amplia sólo tuviera valor en el caso de estar siendo efectivamente mediada por la relación sostenida con la colectividad más reducida de los íntimos. Desde un planteamiento menos individualista, podría haberse sostenido, por el contrario, que esta identidad nacional debía ser preservada a toda costa, en razón de su centralidad, para lo cual, en el caso de que los vínculos con ciertos compatriotas se hubiesen debilitado, habría que tratar de reemplazarlos por otros nuevos.

 

            Pero no se trata únicamente de que las identidades sociales pierdan relevancia. Ocurre, en tercer y último lugar, que esta pérdida de centralidad resulta posible gracias al vaciamiento de significados al que ellas son sometidas. Ser de un determinado país se vuelve en sí algo menos cargado de contenido, algo que nos dice mucho menos sobre la forma de ser de esa persona. Lo que el individuo concreto vaya a ser o hacer va a depender ahora en menor medida de estas específicas identidades sociales. Es como si ahora quedaran un mayor número de rasgos humanos liberados de cualquier relación privilegiada con alguna identidad social en concreto, y ello los dejara disponibles para ser atribuidos a las personas particulares con independencia de tales identidades. De ahí entonces, justamente, la poca relevancia del criterio nacional a la hora de seleccionar las personas con las que relacionarse (cf. Castien Maestro, 2001: 252-255). Al mismo tiempo, ciertos elementos de la cultura de origen, asociados, por tanto, con las identidades sociales marroquí y musulmana, pueden sufrir otro interesante proceso de despojo. Una de nuestras informantes, cuyo estilo de vida era muy liberal en todos los aspectos, incluido el sexual y el referente al consumo de alcohol, mostraba una gran afición hacia distintos componentes del Islam tradicional marroquí, como las mezquitas, los rezos y las ceremonias sufíes. Para ella todos estos elementos revestían un carácter fundamentalmente lúdico y estético. Habían sido disociados de su conexión con un específico sistema doctrinal y normativo. Reducidos a esta nueva naturaleza, venían a operar como una suerte de agradable ornamento para su existencia cotidiana. Los esteticismos de este género son hoy ciertamente bastante frecuentes, si bien en este caso que estamos examinando aquí la actitud hacia tales elementos culturales también estaba impregnada de una cierta nostalgia, pero parece que más hacia el propio pasado biográfico y el propio grupo de íntimos que hacia la colectividad nacional en un sentido más amplio.

 

            Nos encontramos, en resumidas cuentas, ante una manifestación particular de ese individualismo tan propio de las sociedades modernas (cf. Ros y Gouveia, 2001). Desde este punto de vista, podríamos decir que esta actitud individualista constituiría en sí misma un aspecto particular de esa mimetización cultural general con la sociedad de acogida característica de la estrategia integracionista que estamos examinando. Ahora bien, este individualismo también posee otras implicaciones más amplias. No en vano, esta estrategia integracionista podría haberse asociado también con una actitud más colectivista, cosa que también sucede a menudo. En un supuesto semejante, se habría optado por una asunción más en bloque de lo autóctono y una disociación también más global con respecto a lo marroquí. El estilo de vida español y las relaciones con los españoles habrían sido, en este caso, perseguidos en mucha mayor medida en función de su mera españolidad, sin que las preferencias más personales hubiesen jugado un papel tan importante. El problema inherente a una línea de conducta semejante estribaría, sin embargo, en que colocaría a la persona ante una serie de dilemas muy difíciles de resolver, obligándola a decantarse por unas alternativas demasiado globales. Seguramente estas elecciones radicales le resultarían bastante difíciles de asumir en la práctica, lo que terminaría por acarrearle un sinfín de contradicciones y un oneroso coste psicológico. La opción más individualista que hemos estado examinando aquí ostenta, por contra, la enorme virtud de posibilitar unas elecciones menos dramáticas. Gracias a ella, resulta factible manejarse en distintos ámbitos sociales sin tener que soportar la carga de unas identidades demasiado amplias y demasiado atiborradas de contenidos. Se trata de moverse, por así decir, más ligero de equipaje. Esta peculiar forma de afrontar los dilemas identitarios parece estar investida de grandes potencialidades. Ayuda a afrontar los desafíos identitatios de la emigración con mayor efectividad, al tiempo que libera al individuo de muchos de los constreñimientos habituales que pesan sobre él. Estas virtudes la dotarían de una cierta ejemplaridad y podrían hacer de ella un ejemplo a imitar en otros muchos casos.

 

Referencias bibliográficas

 

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TORREGROSA PERIS, José Ramón (1982): “Sobre la identidad personal como identidad social”; en AAVV: Perspectivas y contextos en Psicología Social; Barcelona; Editorial Hispanoeuropea.



[1] Se trata del proyecto Adquisición de la ciudadanía española y discriminación: el sentimiento de pertenencia a la sociedad receptora en las inmigrantes de origen marroquí, financiado por la Universidad Complutense de Madrid en el año 2008. Algunos de sus resultados se hallan recogidos en (Castien Maestro, Dávila de León, Gimeno Giménez y Lozano Maneiro, 2009) y (Castien Maestro, Dávila De León y Lozano Maneiro, 2010).
 
 

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